Instituto Europeo ALFI y su terapia cohercitiva

1. Circunstancias del ingreso
Ingresé voluntariamente en el centro debido a una adicción. Había llegado a un punto en el que no me reconocía como persona. Mi hermana, que vive en Alcalá de Henares, me acompañó a buscar un centro en Madrid. Al llegar, me informaron de que el tratamiento consistía en un ingreso de ocho semanas, lo cual me pareció viable, con un coste de 4.000 € cada cuatro semanas.
Firmé el contrato bajo los efectos de la sustancia, sin estar en condiciones de comprender plenamente lo que estaba aceptando. Solo una vez dentro, y a medida que pasaban los días, fui conociendo las llamadas “pautas”: la retirada del teléfono, la prohibición de contacto con la familia, la prohibición de escuchar música o ver determinados contenidos. Cuando me di cuenta de todo el alcance de esas condiciones, mi familia ya había sido captada por el centro.
2. Composición del equipo y déficits profesionales graves
El equipo inicial estaba formado por una directora, una terapeuta adicta rehabilitada, una coterapeuta y tres psicólogos. Con el tiempo, fueron despidiendo personal. En el momento en que escribo este testimonio, el equipo se reduce a un solo psicólogo y una coterapeuta. El resto del personal son estudiantes en prácticas que aún no han terminado la carrera.
Estos estudiantes en prácticas administraban medicación a los pacientes, una función que no les corresponde por formación ni por titulación. También dirigían talleres terapéuticos y acompañaban a los pacientes en las salidas. En varios paseos observé actitudes inapropiadas: risas a costa de los pacientes, falta de respeto, e incluso coqueteo entre algunas de estas estudiantes y los pacientes varones.
El único psiquiatra que forma parte del equipo acude dos horas los lunes, miércoles y viernes.
3. Ausencia total de plan terapéutico
En ningún momento se me presentó un plan terapéutico individualizado. Nunca se habló de objetivos a alcanzar para obtener el alta, ni de plazos, ni de criterios de progreso. Solicité formalmente un informe sobre mi evolución y nunca me fue entregado.
4. Rutina diaria: trabajo forzado y control total
La jornada comenzaba a las 7:30 h con una psicóloga que nos levantaba a gritos y nos administraba la medicación. Inmediatamente después, teníamos que ponernos a limpiar la casa.
La rutina incluía:
- Educación física los lunes, miércoles y viernes con un preparador físico externo.
- Paseos los martes y jueves, acompañados por las estudiantes en prácticas.
- Terapia grupal a las 11:30 h.
- Preparación de la comida a la una, para todos los terapeutas del centro. Éramos entre 13 y 14 personas cocinando, recogiendo y limpiando.
- Taller por la tarde, dirigido por estudiantes en prácticas sin formación específica en adicciones.
- Terapia de 18:00 a 19:30 h.
- Preparación de la cena para todos, seguida de recogida y limpieza.
- Hora de dormir a las 23:00 h.
La siesta estaba completamente prohibida. La televisión solo podía verse de 15:00 a 16:00 h. El fútbol, determinadas películas y la música estaban prohibidos. El centro decidía qué podíamos ver y qué no.
Considero que la obligación de cocinar y limpiar para el personal del centro de forma sistemática y sin compensación constituye una forma de trabajo no remunerado.
5. Aislamiento, control y castigos
Me retiraron el teléfono y el acceso a internet durante seis meses. Solo podía comunicarme con mi familia los martes y los domingos, en presencia del personal, durante media hora. Los domingos había visitas de dos horas que se iban ampliando paulatinamente.
A mí específicamente se me prohibió el contacto con mis padres bajo el argumento de que los manipularía para consumir. Solo se me permitía hablar con mi hermana, a quien el centro fue captando progresivamente y poniendo en mi contra.
Los castigos consistían en la retirada de visitas familiares cuando el paciente se “revelaba contra el tratamiento”. A muchos pacientes se les prohibía también ver a sus mascotas hasta que el centro lo considerara oportuno.
6. Técnicas coercitivas y vulneración de la intimidad
Las técnicas de presión que identifico son las siguientes:
- Humillación en terapia grupal: fui humillada públicamente por la terapeuta adicta rehabilitada, que se burló de mi condición de militar diciéndome que me creía mejor que los demás, y también se burló de mi sobrepeso.
- Terapias familiares de confrontación: en estas sesiones se revelaba a los familiares todo lo que el paciente había contado durante la semana en terapia individual, incluyendo episodios íntimos y personales, con el efecto de deteriorar aún más las relaciones familiares.
- Uso de pacientes institucionalizados como vigilantes: algunos pacientes de larga estancia eran utilizados como “policías” del resto.
- Manipulación de familiares a cargo de la terapeuta Ani: Ani era la encargada de gestionar las relaciones con las familias durante el ingreso y utilizaba esa posición para manipularlas sistemáticamente. Cuando expresé mis sospechas sobre el funcionamiento del centro (comparándolo con una secta), Ani le dijo a mi hermana que yo había “desarrollado un trauma” y que “no me fiaba de nadie”, desacreditando así cualquier crítica legítima que yo pudiera hacer.