LA BATALLA DE UN PADRE ,PARA RESCATAR A SU HIJO DE UNA SECTA
21.04.2026 20:47
La madre de mi hijo se casó con el gurú.
La madre de mi hijo se metió en una secta a finales de 2019, cuando mi hijo tenía solo siete años. Pero no de cualquier manera: se casó con el gurú.
El gurú se llama Rodrigo Joaquín del Pino, se hace llamar Rama, y es un personaje fraudulento desde su propia presentación pública. Dice poseer un doctorado en Literatura Clásica de la India por una universidad que resultó ser un entramado creado exclusivamente para expedir títulos falsos, para que los Hare Krishna se presenten en sociedad como personas respetables y con titulaciones. Dice ser docente de universidades sin realmente serlo. Se escindió del movimiento Hare Krishna para conformar su propio proyecto sectario sin control de nadie: la Escuela de Rama. De los Hare Krishna conserva toda la potencia de captación, la avidez por hacer devotos y toda la doctrina, pero sin
que nadie le controle ni le demande que cumpla con sus propias reglas.

Mi hijo era obligado a participar en ceremonias, casi siempre rodeado únicamente de adultos, que se prolongaban durante horas de cantos de mantras que no le gustaba soportar. Le cambiaron el nombre: empezaron a llamarle Nitai. A la madre le llaman Bhakti Radha. Le pusieron marcas de Tilak en la frente, le cambiaron la dieta, le hicieron participar en rituales con guirnaldas e incienso, abanicando el altar con plumas de pavo y venerando imágenes de deidades. Tenía siete años.
Existe un informe pericial elaborado por un especialista en alto control ideológico, miembro de la International Cultic Studies Association (ICSA) y coordinador del Grupo de Trabajo sobre Derivas Sectarias del Colegio de Psicología de Cataluña, en el que se ha aplicado a este caso la Taxonomía del Abuso Psicológico en Grupos (TAPG), una herramienta científica validada internacionalmente. Las seis dimensiones de la taxonomía presentan indicadores positivos: aislamiento, control de la información, control sobre la vida personal, abuso emocional, adoctrinamiento e imposición de autoridad única del líder. Todo documentado, todo verificable.
Pero los padecimientos empezaron mucho antes
He de decir que los padecimientos con la madre de mi hijo fueron, desde siempre, una verdadera tortura. Cuando mi hijo tenía solo tres años, conseguí que de mutuo acuerdo nos sometiéramos a una evaluación forense. Fue la condición que le puse para no denunciarla por cosas muy graves que estaba haciendo.
Esa evaluación la realizó la psicóloga forense María José Alemany García en 2016. Las conclusiones fueron demoledoras: la madre había impedido todo lo posible mi paternidad, me había causado daño psicológico, manipulaba al niño, y su perfil psicológico resultó invalidado por manipulación de respuestas. En el test PAI obtuvo una puntuación de Impresión Positiva de 69, algo que solo consigue el 6,4% de la población, lo que significa un esfuerzo deliberado por presentarse como madre ideal. La forense recomendó expresamente que era necesario que se realizase una evaluación clínica del perfil de personalidad de la madre por un especialista en psicología clínica. Eso nunca se cumplió.
Ese mismo informe ya detectó algo preocupante en mi hijo: una notable falta de espontaneidad. Con solo cuatro años, dedicaba demasiado tiempo a buscar las respuestas sugeridas por otros en lugar de responder libremente. Y a pesar de que la madre decía que el niño me rechazaba, la observación directa mostró una interacción normal, afectuosa y cómoda conmigo.
La forense recomendó custodia compartida inmediata. Cuando me entregó el informe me dijo algo que nunca he olvidado: He puesto que se revise a los dos años porque el niño es muy pequeño. Pero si en dos años has estado en custodia compartida y se revisa de nuevo, deberían darte la custodia a ti, porque estas personas no suelen cambiar nunca.
Tenía razón. No cambió nunca.
Pasaron unos años de custodia compartida en los que pude ocuparme de mi hijo. Ella tuvo cinco relaciones de pareja en un año y medio, y vi cómo esos pobres hombres padecían muchísimo con ella, pero no quise entrometerme en su vida privada mientras respetase mi paternidad. A los dos años conoció a un buen hombre, la relación parecía positiva para la vida de mi hijo, y tras dos años mi familia y yo le facilitamos acceso a una vivienda para que se instalaran juntos. Mi hijo se había vinculado con él, aunque con problemas derivados de esa relación de apego inseguro con su madre y de tantos cambios de parejas. Pero estaba bastante estable.
Entonces, de repente, tras solo tres meses de convivencia en esa nueva casa, el 13 de diciembre de 2019, me dice que tiene que hablar conmigo. Y me comunica que ha conocido a un hombre de Dios, un maestro espiritual, y que le ha dicho a su pareja que se tiene que ir de la casa porque se va a casar con el maestro espiritual que acaba de conocer.
Dos semanas antes me había invitado a una charla de ese maestro. Acudí. Y nada más salir le advertí: esto es la secta de los Hare Krishna, la conozco muy bien, aléjate de esto.
No solo no se alejó, sino que me dijo con sus propias palabras que se iba a dedicar a viajar con el gurú por el mundo, y que me quedase yo con el niño largas temporadas, que el niño mismo lo pedía, que ya estaba mucho más desapegado de ella. Palabras textuales de la madre, grabadas: Siento que le toca un poco más a él en esta etapa. Es decir: me ofrecía la crianza del niño porque su misión era servir al gurú. Le advertí: no metas al niño en la secta, porque si lo haces como padre tomaré medidas.
En esa misma grabación la madre describe a Rama con tintes mesiánicos: es un hombre de Dios, es un regalo para la familia. Justifica decisiones extremas basándose en videntes, señales y energías. Y admite explícitamente que el matrimonio es un fraude de ley: eso no es un casamiento, es un trámite, un servicio que le hago. Cualquier experto en captación sectaria reconocería ahí la fase de luna de miel, la euforia inicial del converso.
Hizo exactamente lo contrario de lo que le pedí.
Cuando intenté proteger a mi hijo, ella me puso la primera demanda
Cuando le solicité autorización para que la psicóloga volviera a intervenir, su respuesta fue ponerme la primera demanda. Dijo que yo maltrataba a mi hijo hablándole mal de ella, y solicitó la custodia exclusiva. Se me adelantó judicialmente: interpuso la demanda antes de que yo pudiera denunciar la situación de riesgo en la que estaba metiendo a nuestro hijo. Así quedé yo como el demandado y ella como la madre protectora.
Se posicionó como víctima y como madre protectora antes de que yo pudiera denunciar la situación de riesgo. Eso no fue espontáneo. Fue una maniobra planificada: utilizar el sistema judicial para consolidar su nueva estructura familiar con el gurú y desplazarme a mí, bajo la apariencia de una disputa ordinaria de pareja.
Respondí con una demanda reconvencional pidiendo la custodia exclusiva por situación de riesgo cierto. Era la primera vez que se exponía en sede judicial la existencia del gurú Rama, de la Escuela de Rama, y de las prácticas a las que estaba siendo sometido mi hijo.