LA BATALLA DE UN PADRE ,PARA RESCATAR A SU HIJO DE UNA SECTA
DECLARACIÓN PREVIA.-
El testimonio que editamos guarda la confidencialidad de la persona afectada. Podrá ser identificado por otras que relata la denuncia, pero sólo jurídicamente somos RedUNE los responsable de su difusión. Nuestra jurisprudencia como entidad nos da cobertura para todo ello. Vamos a defender los derechos del menor y los derechos del padre para conseguir su custodia. Nos tendrán en frente, a cualquier medio que vaya contra sus derechos humanos.
Juantxo Domínguez (Presidente de RedUNE)
La madre de mi hijo se casó con el gurú.
Mi hijo era obligado a participar en ceremonias, casi siempre rodeado únicamente de adultos, que se prolongaban durante horas de cantos de mantras que no le gustaba soportar. Le cambiaron el nombre. A la madre le llaman Bhakti Radha. Le cambiaron la dieta, le hicieron participar en los rituales. Tenía siete años.
Existe un informe pericial de un especialista en alto control ideológico, asesor del Consejo General de Psicología, en el que ha aplicado a este caso la Taxonomía del Abuso Psicológico en Grupos (TAPG), una herramienta científica validada internacionalmente. Las seis dimensiones de la taxonomía presentan indicadores positivos en este caso: aislamiento, control de la información, control sobre la vida personal, abuso emocional, adoctrinamiento e imposición de autoridad única del líder. Todo documentado.

Pero los padecimientos empezaron mucho antes
He de decir que los padecimientos con la madre de mi hijo fueron, desde siempre, una verdadera tortura. Cuando mi hijo tenía solo tres años, conseguí que de mutuo acuerdo nos sometiéramos a una evaluación forense. Fue la propuesta para no ir por la vía judicial, por cosas muy graves que la madre estaba haciendo.
Tenía razón. No cambió nunca… No obstante, pasaron unos años de custodia compartida en los que pude ocuparme de mi hijo. Ella tuvo cinco relaciones de pareja en un año y medio, y vi cómo esos pobres hombres padecían muchísimo con ella, pero no quise entrometerme en su vida privada mientras respetase mi paternidad. A los dos años conoció a un buen hombre, la relación parecía positiva para la vida de mi hijo y, tras dos años más, mi familia y yo les facilitamos acceso a una vivienda, para que se instalaran juntos. Mi hijo se había vinculado con él, aunque con problemas derivados de esa relación de apego inseguro con su madre y de tantos cambios de parejas. Pero estaba bastante estable.
Entonces, de repente, tras solo tres meses de convivencia en esa nueva casa, el 13 de diciembre de 2019, me dice que tiene que hablar conmigo. Y me comunica que ha conocido a un “maestro espiritual”, y que le ha dicho a su pareja que se tiene que ir de la casa porque se va a casar con el maestro espiritual que acaba de conocer.
Dos semanas antes me había invitado a una charla de ese “maestro”. Acudí. Y nada más salir le advertí: esto es la secta de los Hare Krishna, la conozco muy bien, aléjate de esto.
No solo no se alejó, sino que me dijo con sus propias palabras que se iba a dedicar a viajar con el gurú por el mundo, y que me quedase yo con el niño largas temporadas, que –cito textual, pues grabé esa conversación en la que ella misma declaraba que el niño pedía estar más conmigo que con ella– “el niño mismo lo pide, pues ahora está mucho más desapegao de mí”. Palabras textuales de la madre, grabadas, como estas que le decía a mi pareja hablando de dejar al niño conmigo: “Siento que le toca un poco más a él en esta etapa..”. Es decir: me ofrecía la crianza del niño porque “su misión” era servir al gurú. Le advertí: “tú eres mayor de edad y lo que quieras… pero al niño no lo metas, porque si lo haces yo como padre tomaré medidas”.
En esa misma grabación la madre describe a Rama con tintes mesiánicos, y admite explícitamente que el matrimonio es un fraude de ley: “eso no es un casamiento, es un trámite, un servicio que le hago”. Cualquier experto en captación sectaria reconocería ahí la fase de luna de miel, la euforia inicial del converso. Hizo lo contrario de lo que le pedí.
Cuando intenté proteger a mi hijo, ella me puso la primera demanda

Las evaluaciones psicológicas que la maquillaron
En 2021, la perita M.P. realizó una evaluación psicológica de la familia. Aunque aparentemente me beneficiaba (me dejaba ciertamente algo mejor que a la madre en el informe), pero en realidad nos perjudicaba, sobre todo al niño, al silenciar el problema y realizarle un notable “maquillaje” a la madre, por ejemplo: La madre volvió a obtener una Impresión Positiva de 69 en el PAI, exactamente la misma puntuación que en 2016. Es decir: volvió a manipular sus respuestas. Pero esta vez la perita lo dio por válido. La misma puntuación que cinco años antes había invalidado el perfil.
Esa perita además desestimó todas las alertas de riesgo sectario notificadas. Tenía en sus manos el informe documental de un experto en la materia, que identificaba a la Escuela de Rama como una derivación sectaria del movimiento Hare Krishna. Y recordemos que no había sido captada como miembro de la secta, no: se casó con el gurú y pasó a liderar la secta con él. No es una víctima de la secta, es una dirigente. La perita ignoró el informe y ni siquiera se puso en contacto con el especialista. Su justificación fue, textualmente, que “en nuestro país no existe un listado que detalle los movimientos religiosos considerados sectas peligrosas”. Es decir: en lugar de analizar si existía un daño psicológico real al menor, redujo la cuestión sectaria a una cuestión administrativa. Consultó a una asociación, AIS, para extraer de sus consultas tan solo una parte de la respuesta que le dieron: que no hay lista oficial. Y cerró el análisis.
Citó como fuente "un informe " que no existía: era en realidad un informe privado de otra profesional –que por cierto dejaba claro que la madre (ignorando que ese informe iba a ser solicitado por el padre) relataba a esa profesional que había mantenido relaciones de pareja conflictivas que habían podido afectar al niño, y todo bastante sincero (porque esperaba que la profesional le ayudase a resolver el problema de que el niño no le dejaba dormir) diciéndole que conmigo el niño dormía perfectamente y de un tirón, pero que con ella el niño no dormía y estaba muy agitado por las noches–. Pero nada de eso lo tuvo en cuenta, ni lo reflejó en su informe. Ignoró la recomendación de 2016 de evaluar la personalidad de la madre. Concluyó que ella no era experta en sectas, que excedía su capacidad y que, a falta de un listado oficial, actualmente no se puede determinar si las prácticas espirituales pueden suponer un riesgo futuro, así que recomendaba una “coordinación de parentalida
La sentencia de primera instancia de noviembre de 2021 se basó en ese informe. Mantuvo la custodia compartida y transformó una situación de peligro objetivo en una discrepancia educativa. Designó una Coordinadora de Parentalidad para vigilar, pero ya hablaré de esa “coordinadora de parentalidad”.
Denuncié los errores fácticos y el sesgo de la perita ante el Colegio Oficial de Psicólogos de Murcia. Desestimaron todas mis quejas. Y con el tiempo comprendí que esto no era casual: el COP de Murcia funciona como un entramado corporativista que protege a los suyos.
La Coordinadora de Parentalidad: una trampa diseñada
La Coordinadora de Parentalidad tenía su sala de espera llena de publicidad de violencia de género. Lo que debía ser una figura neutral de apoyo resultó ser una trampa. R..S. formaba parte de un grupo de coordinadoras de parentalidad entre las que se encontraba la propia M.F., a quien yo había denunciado y que era integrante y amiga de la coordinadora. Según mi experiencia y la de otros padres, ejercen la profesión con graves irregularidades, amparadas por el Colegio de Psicólogos.
Mostraba una superficialidad hiriente, e incluso se quedó medio dormida durante una de las sesiones… Durante su “coordinación”, el conflicto lejos de reducirse, que era su función, aumentó y mi hijo durante ese tiempo comenzó a mostrar gravísimos signos de estar siendo presionado. En aquél entonces no se atrevía a decirme qué le pasaba, solo me decía: “tengo miedo de hablar porque si hablo le pueden pasar cosas muy malas a algunas personas”. No fue sino al año siguiente, en 2023, cuando me confesó que su madre le presionaba . Yo traté de decirle a la coordinadora que tenía que actuar, pero nada hizo, así que le exigí que dejase la intervención, que había perdido totalmente mi confianza. En un primer momento dijo que renunciaba, pero mi hijo vino a casa impactado diciéndome: “papá, mi madre ha llamado por teléfono a la psicóloga y ha estado un montón de rato hablando con ella hasta que le ha prometido que va a volver”. Ya sin mi consentimiento, y aun habiendo anunciado la renuncia, la psicóloga siguió citando a mi hijo en su consulta privada. Continuó entrevistándose con la madre y con el niño. Presionó a mi hijo en sus sesiones para que al día siguiente dijera en el colegio que su padre le maltrataba, lo que provocó que de camino al colegio mi hijo sufriera una epistaxis masiva, un sangrado nasal tan severo que la madre no se lo pudo parar y tuvo que llevar al niño al centro de salud a que le parasen la hemorragia. La presión de ir a mentir sobre su padre provocó una somatización. Un perito forense lo ha calificado exactamente así: somatización derivada de la presión emocional del contexto. Fue uno de los primeros indicadores clínicos del efecto que todo esto estaba teniendo sobre mi hijo.
Tras todas esas malas praxis, la psicóloga envió un informe al juzgado recomendando reducir el tiempo de estancia de mi hijo conmigo, informe que impugné con tanto valor probatorio, que durante un año y medio la coordinadora fue paralizada por el propio juzgado, y dejó de intervenir durante un tiempo, pero aun impugnado por el juzgado, la madre llevaba ese informe a todas partes convenciendo a todo el mundo de que una psicóloga le avalaba con un informe que, en realidad, estaba judicialmente impugnado. Ese informe, sin embargo, yo mismo lo llegué a des impugnar… ¿Cómo? ¿Por qué? Por un chantaje: me lo puso como condición para aceptar que mi hijo recibiera terapia psicológica; solo por eso, y con la promesa de que podría recusar igualmente a la psicóloga en breve, pero por una excesiva lentitud en la presentación, y en la citación, no ocurrió a tiempo.
Me denunció por violencia de género y me absolvieron
Mi hijo lo contó con sus propias palabras
Le instruían para mentir ante psicólogos. Mi hijo estaba siendo utilizado como instrumento para fabricar pruebas falsas contra su propio padre. Él decía que mentía no porque quisiera, sino porque se lo ordenaban. Si no decía lo que le mandaban, se enfadarían. Tenía miedo. Su voluntad se plegaba ante el temor a las represalias maternas. Y el gurú no era una figura pasiva: ejercía autoridad directa para corregir el pensamiento de mi hijo contra su padre.
Acudí a Servicios Sociales con las confesiones de mi hijo. Me dijeron que tenía que denunciar a la madre. Presenté denuncia ante la Guardia Civil con esas grabaciones.
Mi hijo fue al juzgado y pidió protección. Nadie le protegió.
En julio de 2024, mi hijo escribió de su puño y letra : Tengo miedo a mi madre. Le he pedido a mi papá que me proteja.
Solicité medidas urgentes de protección al amparo del Artículo 158 del Código Civil. Pero lo que ocurrió en la exploración judicial fue una vergüenza.
La exploración de mi hijo estaba programada a las 10:00h y nuestras declaraciones a las 12:00h (para que no se cruzara con la madre). Pero eran las 11:30h y todavía no aparecía la jueza en la sala de vistas. Mi madre, que me acompañaba, subió a la planta donde estaba el juzgado para ver por qué se retrasaba tanto, y entonces vio salir a la madre de mi hijo del juzgado: Llevaba al menos noventa minutos con la jueza, persuadiéndola.
Cuando la jueza llegó a la planta de vistas, me miró con un odio y un desprecio que me hicieron saber que algo no iba bien. Y así fue: la exploración fue una vergüenza. Presionaron a mi hijo, le dijeron ¡Tú no mandas ! ¡Tú no decides!, y la jueza y la fiscal se rieron al mencionar la Escuela de Rama. Mi hijo, a pesar de esa presión, repitió insistentemente que su madre le había presionado para mentir a todos los psicólogos/as, y decirles que su padre le maltrataba y que quería estar con ella, y que eso no era verdad. Existe una grabación de esa exploración judicial, que es una absoluta vergüenza.
Mi hijo, a pesar de toda la presión de la jueza para que se desdijera de que quería que le protegieran de su madre, y dijera que quería seguir estando con los dos, decía que sí, que quería estar con los dos, pero “sin que me hagan eso”: insistía una y otra vez, que “sin que me hagan eso”, sin que le obligasen a decir cosas que no son verdad, “sin presión”. Un niño de doce años fue al juzgado, pidió protección con sus propias palabras, y el sistema le devolvió al entorno del que pedía protección.
El juzgado de instrucción descartó la credibilidad de mi hijo, por la manipulación a la que la madre del niño sometió a la jueza, y consideró las pruebas como antiguas solo porque aporté pruebas de grabaciones que venía aguantando hacía casi un año –hasta que mi propio hijo me autorizó a usarlas–. Le devolvieron al entorno del que pedía protección.
A partir de ahí, exactamente como cualquier experto en persuasión coercitiva habría predicho, mi hijo pasó al rechazo total hacia mí. La sumisión a la madre fue absoluta. Había pedido ayuda, nadie le había ayudado, y el mensaje que recibió fue: no hay salida. Estaba ya totalmente inmerso en una indefensión aprendida.
Octubre a diciembre de 2024: el aislamiento total
A partir de octubre de 2024, la madre dejó de llevar a mi hijo al instituto con normalidad para que no pudiera recogerle a la salida. Llegó al borde del absentismo escolar. La psicóloga la citaba por las mañanas para justificar las ausencias y ayudarla en su macabro plan. Intentó denunciarme de nuevo, fabricando nuevas acusaciones.
En noviembre de 2024, llevó a mi hijo a la Guardia Civil a declarar que no quería saber nada de su padre y que se quería suicidar si le llevaban con él. Lo que estaba haciendo era crear evidencia para justificar el aislamiento.
El 16 de diciembre de 2024, el aislamiento fue total: cortó todo contacto conmigo, con mi familia. Mi hijo desapareció de mi vida de un día para otro.
Mientras tanto, después de varios intentos de que atendieran a mi hijo en salud Mental, mi hijo finalmente fue atendido y la psicóloga emitió un informe tras la primera visita muy preocupada: “niega ideación autolítica, sin embargo al ser preguntado” el niño había verbalizado en Salud Mental: “me gustaría desaparecer”. No era ideación suicida activa, sino la expresión de un niño que quiere dejar de estar en medio de este conflicto. La tensión de mantener la lealtad a su madre a costa de su propia verdad ha desbordado todos sus recursos. La psicóloga trató de ver al niño varias veces pero la madre se negaba a llevarlo a Salud Mental. La psicóloga convocó al comité de urgencia y solicitó elevar el caso a fiscalía, pero la trabajadora social del centro de Salud Mental de Cartagena se entrevistó conmigo y me trató como si yo fuera el problemático, desafiándome con sus alocuciones y frustrando todas las iniciativas de protección emprendidas por la psicóloga. Al poco tiempo, la psicóloga me llamó para decirme que sentía muchísimo el funcionamiento del sistema y que no podía hacer nada más por mi hijo. Al poco tiempo, no sé si solicitó el traslado, o cómo fue, pero esa psicóloga se marchó del Centro de Salud Mental de Cartagena.
Me quitaron la custodia a mí
El 16 de enero de 2025, ella consiguió in extremis forzar una vista judicial, antes de la recusación de la psicóloga, prevista para el 4 de febrero. Con esas supuestas denuncias de amenaza de suicidio por parte de mi hijo, que eran en realidad una manipulación terrible de su madre, –que el sistema ha tolerado–, y basándose en declaraciones de la misma Coordinadora de Parentalidad que ya antes había sido retirada durante un año y medio tras probar su falta de profesionalidad y que se había alineado con la madre, el juzgado suspendió provisionalmente la custodia compartida, y se la dio a ella. La ex coordinadora hizo una declaración falsa que sirvió para justificar la suspensión, y aunque reconoció que no había contrastado los testimonios del niño con prueba alguna (dijo: “yo no necesito contrastar nada, yo soy una profesional y sé cuándo un niño me miente”, cuando en realidad, ella misma presionaba y llevaba al niño a mentir). Efectivamente, en la vista de recusación del 4 de febrero, esa psicóloga se tuvo que marchar definitivamente tras demostrar, por enésima vez, su dejación de funciones y su falta de profesionalidad.
La paradoja es perfecta: el daño generado por la interferencia de la madre se atribuyó al padre. Mi hijo rechazaba verme, porque le habían presionado en un principio –y persuadido después hasta convencerle, con técnicas de control ideológico propias de lo que son: líderes de una secta destructiva–, de que yo era el problema, y el sistema interpretó ese rechazo como prueba de que yo era el problema.
El juzgado ordenó una nueva evaluación psicosocial, programada para un mes después. La madre logró retrasarla dos meses más. Finalmente las entrevistas se realizaron tres meses después de la suspensión. Tras las entrevistas, el equipo psicosocial tardó seis meses más en emitir su informe. Cuando por fin lo hicieron, algo no cuadraba: los contenidos del informe y los datos que recogieron tienen una gran divergencia con las conclusiones. Las conclusiones, aunque van en la dirección correcta, son tremendamente edulcoradas e insuficientes. No reflejan las medidas que la situación requiere. Y de hecho, así ha sido: ese informe no ha logrado frenar nada, y la situación se ha agravado.
No querían poner en evidencia el flagrante error de los juzgados, así que se limitaron a decir que era necesaria terapia y tratar de restablecer la relación con el padre, sin cuestionar la vía del Punto de Encuentro Familiar, ni proponer protección alguna a todo lo que se había documentado en los contenidos del informe. Un despropósito.
Casi 500 días sin mi hijo
Se programaron decenas de visitas en el Punto de Encuentro. Ninguna se llegó a producir. Mi hijo llegaba con el no decidido de antemano, repitiendo frases estereotipadas que el propio equipo del Punto de Encuentro documentó como un discurso superficial. Repetía siempre la misma justificación, sin variación emocional. Es lo que los expertos llaman un discurso fosilizado: una consigna que el niño repite mecánicamente para protegerse del conflicto de lealtades.
La madre mantenía una colaboración de fachada: depositaba al niño y se marchaba. Pero le decía delante de los técnicos: te llevo porque me obliga la ley, pero tienes razón para tener miedo. El mensaje era claro: el Punto de Encuentro es un lugar peligroso, tu padre es una amenaza. Llegó a proponer incluso que su pareja, el gurú Rama, acompañara a mi hijo al Punto de Encuentro. Sabiendo que yo llevo años denunciando a esa persona como líder de una secta, proponer que acompañe al niño es, psicológicamente, una provocación.
A día de hoy, si cuento los días, llevo 487 días en los que solo he podido tener con mi hijo algún contacto telefónico –monitorizado por su madre– que no llega a 100 de esos 487 días, y tres contactos en el Punto de Encuentro, que la madre permitía únicamente justo antes de las fechas de juicio, como trucos baratos para aparentar colaboración.
Desde el 7 de marzo de 2026, no tengo ningún contacto con mi hijo. Cero. El Día del Padre pasó en total silencio

Los profesionales que sí lo vieron
Mientras el sistema me castigaba a mí, los profesionales que realmente evaluaron la situación en profundidad llegaban todos a la misma conclusión:
El perito Vicente Garrido Genovés, en septiembre de 2025, me hizo una evaluación psicopatológica. Busqué al mayor y más prestigioso experto en España en detección de psicopatología y conducta criminal. Descartó cualquier psicopatología en mí, incluso me detectó una especialmente alta inteligencia emocional, y advirtió de que le parecía que todo lo que yo exponía estaba fundado. Si el padre no tiene patología y el niño tenía un vínculo seguro con él antes de 2024, la causa del rechazo es exógena.
Una terapeuta infantil intervino, como expliqué, porque la madre me chantajeó con que admitiría terapia para mi hijo si yo desimpugnaba el informe de la coordinadora. Después, habiendo desimpugnado por mi parte el informe, aun habiendo dicho que autorizaría la terapia, eludía firmar la autorización, y fue un fiscal del juzgado 4 de lo penal que, en una de las denuncias falsas de la madre, le “obligó” a retirar la denuncia y le conminó a firmar la autorización para que el niño recibiera terapia, y fue gracias a eso que esa terapeuta pudo ser designada judicialmente para trabajar con mi hijo. Pero en poco tiempo de tratamiento tuvo que abandonar la terapia, informando a los juzgados de que era imposible por la falta de colaboración e interferencias de la madre, y documentó que madre e hijo mantenían el mismo discurso, que el niño repetía consignas mecánicamente, y que la madre boicoteaba la terapia activamente. Renunció porque, en sus propias palabras: No puedo por motivos ajenos a mí... no voy a continuar haciendo venir al niño a que me repita siempre lo mismo.
El equipo psicosocial del Instituto de Medicina Legal, en octubre de 2025, documentó que mi hijo presenta un discurso inducido con frases a modo de consigna sin apertura emocional. Que la madre muestra indicadores sutiles de simulación o manejo de la impresión, con una Impresión Positiva elevada y un Rechazo al Tratamiento de 70, y que el perfil obtenido no refleja el grado de patología real. Que mi hijo tiene una Autosuficiencia Defensiva extremadamente alta: una falsa madurez construida para sobrevivir al dolor emocional negando sus propias necesidades afectivas.
Y existe un informe pericial del considerado uno de los mayores expertos de España en grupos de alto control ideológico, que da nombre y estructura científica a todo lo que llevo años denunciando. Sus conclusiones confirman que la dinámica de la Escuela de Rama es compatible con un grupo de alto control ideológico, que los síntomas de mi hijo son compatibles con el impacto de ese contexto, y que el abuso psicológico en estos entornos es un proceso lento e insidioso que se desarrolla a través de las relaciones afectivas dentro de una aparente normalidad. Ese informe obra en el juzgado.
El Ministerio Fiscal informó favorablemente sobre la necesidad de tratamiento, reconociendo que la voluntad de mi hijo estaba viciada. El instituto donde estudia ha solicitado derivación a salud mental por deterioro académico y emocional, proponiendo que se le diagnostique con déficit de atención (un niño que cuando estaba conmigo llegaba a estar centrado y lúcido, que entró al conservatorio a piano preparándose conmigo, y de donde lo borró su madre al secuestrarlo). Todos estos informes están en el juzgado...
Las terapeutas que el sistema devora
Tres terapeutas han intentado trabajar con mi hijo en los últimos dos años. Las tres han fracasado porque el entorno materno las neutraliza:
La terapeuta infantil renunció por obstrucción. La segunda, M.C.L.C. , resultó ser otra más de ese grupo de coordinadoras de parentalidad vinculadas entre sí. Es irónico, por no decir cínico, que haga llamar a su despacho Divorcio en Calma, cuando lo que ha hecho es aumentar todavía más la desprotección, la ansiedad y el sufrimiento de la familia paterna de un menor. Ofreció acudir al Punto de Encuentro Familiar para ayudar a mi hijo a verbalizar que no quería custodia compartida. Una terapeuta cuyo mandato judicial era restaurar el vínculo paterno-filial se ofreció activamente a destruirlo. Revoqué mi consentimiento para su intervención el 9 de abril de 2026. La tercera terapeuta aún no existe, porque designar una requiere un juzgado que actúe, y el juzgado no actúa.
La prueba de que el vínculo está intacto
El 14 de enero de 2026, en el Punto de Encuentro y debido a que acababa de empezar la terapeuta y todavía no había sido instrumentalizada, mi hijo dijo que iba a entrar porque se lo había dicho la psicóloga, pero solo 5 minutos y que ya le parecía demasiado. Pero cuando entró, me vio y estuvo un poco conmigo, el niño pidió hasta tres veces quedarse más tiempo. Eso no es un niño que rechaza a su padre. El 11 de febrero entró por ser el día antes del último juicio, e igual... Eso es un niño cuyo rechazo ha sido fabricado.
He conseguido restablecer la custodia compartida, pero no.
Después de demostrar todo lo que he explicado, el pasado 12 de febrero de 2026 conseguí que el juzgado llegara a un acuerdo judicial que restableciera la custodia compartida, con una serie de visitas y recogidas en el Punto de Encuentro durante unas semanas (que no se están cumpliendo) para que, a partir del 26 de junio de 2026, volviese a pasar semanas completas con mi hijo. Desde ese supuesto acuerdo, la madre ha aislado completamente a mi hijo. No tengo contacto con él desde el 7 de marzo. Trabaja para impedir que la custodia compartida se restaure. Y los juzgados no hacen nada, le permiten ese juego de “yo hago lo que puedo pero es el niño el que no quiere”, cuando todos sabemos que eso es una manipulación brutal, que el propio sistema parece tolerar.
Lo que este caso demuestra
Mi caso no es único. Hay familias en toda España atrapadas en la misma combinación: un grupo de alto control ideológico que captura a un miembro de la familia, un sistema judicial que no tiene formación para identificar la persuasión coercitiva, y una serie de instituciones que, por inercia, sesgo o miedo, miran hacia otro lado.
Existe en nuestro sistema un punto ciego estructural: cuando quien instrumentaliza, manipula y obstruye es la madre, las instituciones se paralizan. ¿Cómo es posible que el sistema se establezca tanto en favorecer a una madre que aísla a un niño y le obliga a decir, o le persuade hasta convencerlo, de que no quiere estar con su padre?
Lo que precisamente debería ser un signo que interpretasen como maltrato materno –rechazo injustificado o desproporcionado hacia el padre– lo toman como justificación de las conductas maltratadoras, llamando madres protectoras a perversas maltratadoras.
La madre de mi hijo acudió al Servicio de Prevención de Violencia de Género. El propio director del servicio, Pedro Saura Garre, reconoció que la madre estaba instrumentalizando ese recurso. Me dijo que se compadecía de mí, que la sociedad no estaba preparada para contemplar esta situación por ser contra-natura, pero que él no podía hacer nada porque el sistema solo funciona en una dirección. Un tribunal de violencia de género me absolvió de todos los cargos. Y sin embargo, la maquinaria sigue funcionando como si la narrativa original fuera cierta.
Los expertos en estas dinámicas lo tienen documentado: en contextos judicializados, el progenitor vinculado a un grupo de alto control ideológico utiliza los recursos jurídicos para neutralizar al progenitor que está fuera, llegando incluso a interponer falsas denuncias como estrategia para ganar tiempo, generar desgaste emocional o eliminar su presencia afectiva en la vida del menor. Es exactamente lo que me ha ocurrido a mí.
Lo que pido
Que la persuasión coercitiva sea reconocida como violencia, especialmente cuando afecta a menores que no pueden resistirla. Que los equipos psicosociales de los juzgados reciban formación en dinámicas de alto control ideológico y dejen de tratar la captación sectaria como una discrepancia educativa. Que las resoluciones judiciales se ejecuten, porque un acuerdo de custodia que nadie hace cumplir no es justicia sino abandono institucional.
Que se rompa el tabú de la madre agresora, porque la violencia psicológica no tiene género y un niño manipulado por su madre merece exactamente la misma protección que un niño manipulado por su padre.