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Nacer en una secta: así destruyó el tío Toni a tres generaciones de una familia
26.04.2026 15:16
Sara López, víctima de La Chaparra, en Madrid.Inma Flores
EL PAÍS
Sara y Gabriel López sufrieron abusos sexuales consentidos por su madre, condenada a siete años de cárcel. Hoy convierten su dolor en advertencia para otros.
“Lo que más nos impactó al entrar”, recuerda a EL PAÍS la inspectora de la Policía Nacional que coordinó la redada contra la secta La Chaparra, “fue el mural de Peter Pan en la habitación del líder. Ocupaba toda la pared detrás de la cama. Era duro imaginarse a los niños allí...”.
Por aquella masía apartada, ubicada en la carretera a Vistabella del Maestrat (Castellón), junto al bosque, pasaron, al menos, diez menores durante tres décadas. Entre ellos, Sara López y sus hermanos, Gabriel y C. (aún menor de edad). No conocían otra cosa y no fueron conscientes de que habían sido víctimas de abusos sexuales hasta mucho tiempo después. Cuando a las niñas les llegaba el periodo, Antonio Garrigós, Tío Toni, el líder de la secta, las convencía de que tenían “los ovarios negros” y que, para “sanarse”, debían mantener relaciones sexuales con él, según recoge la sentencia que acaba de condenar a cinco de sus miembros. “Yo estaba muy incómoda. No quería hacer aquello”, relata a EL PAÍS Sara López, que hoy tiene 27 años. “Pero él decía que así no tendría cáncer, que aquello era muy especial y que no debía contárselo a nadie. Recuerdo estar estudiando y que me dieran arcadas por las imágenes que me venían a la cabeza de lo que había pasado con Toni. Me lavaba la boca muy fuerte, del asco, pero aun así pensaba que él lo hacía por mi bien y que yo no lo estaba entendiendo. Un día le expliqué a mi madre lo que estaba pasando. Al principio, entró en cólera y me pidió que hiciera la maleta, como si tuviera una, porque yo nunca había salido de allí. Pero al rato volvió y me dijo: ‘Sara, todo solucionado. He hablado con Toni y me ha dicho que tenías que haberle advertido de que no querías y ya está’. Y ahí se quedó”. La Audiencia Provincial de Castellón condenó el pasado marzo a la madre de Sara a siete años de cárcel como “responsable en concepto de cómplice por comisión por omisión” de “delitos continuados de abusos sexuales a menores”, sus propios hijos. Gabriel y C. también los sufrieron.
Sara, Gabriel, su abuela y su padre, Carlos López, todos víctimas de la secta, son los protagonistas de la serie documental La Chaparra, que Movistar Plus+ estrena el próximo jueves y que incluye grabaciones nunca escuchadas del interior de la casa. Acceden a ser entrevistados por EL PAÍS porque una vez liberados del yugo del tío Toni creen que tienen una misión: transformar ese “inmenso dolor” por las aberraciones sufridas durante años en una advertencia. Después de una sentencia que no ha satisfecho sus ganas de justicia, entre otros motivos porque el líder de la secta murió en prisión preventiva y no llegó a ser juzgado, tres generaciones de una misma familia comparten su experiencia para que nadie más tenga que pasar por lo que ellos pasaron. Esta es su historia:
El líder
Antonio Garrigós, tío Toni, era un hombre deformado por la poliomelitis (una enfermedad viral y contagiosa que afecta a niños e invade el sistema nervioso), explica Carlos López, el padre de Sara. “Su aspecto daba lástima y a la vez, su espíritu de superación te despertaba admiración. Físicamente era alguien inofensivo, pero psicológicamente tenía una capacidad de embaucar difícil de explicar y supongo que difícil de entender. Sobre todo, era paciente, muy paciente. El proceso para captarte era progresivo, sabía esperar. No puedes adueñarte de la vida de una persona con agresividad. Iba ganando tu confianza poco a poco, hasta que, sin darte cuenta, perdías totalmente tu voluntad”.
Garrigós entró en su vida poco después de fallecer su padre, a principios de los noventa. “Mi madre”, relata Carlos, “estaba hundida y le hablaron de él. Era conocido por la imposición de manos para curar dolencias. En esa época estaban muy de moda los curanderos, iba una mujer a la peluquería de mi madre a leer las cartas...”. Carlos, que entonces tenía 15 años, vio que el ánimo de ella mejoraba poco a poco. “Y entonces Antonio nos habló de un proyecto para hacer una especie de casa de acogida para chavales de familias desestructuradas...”. En 1994, según los hechos probados en la sentencia, y con el dinero aportado por los seguidores de Garrigós ―algunos de los cuales vendieron su propia casa para sufragar la operación― se compró una vivienda, El Pantano, que pronto se quedó pequeña para acoger a la comunidad de fieles, por lo que buscaron un nuevo emplazamiento, La Chaparra. “Nos mudamos allí”, relata Carlos, “a aquella jaula de oro donde creíamos que éramos felices. Cuando tenía 21 años, Antonio acordó que me casara con Conchi [adepta que también residía en la masía], aunque en aquel momento no lo vi como una imposición. Allí se hacía todo lo que Antonio quería. Él siempre ponía por delante un poder sobrevenido de algún ente celestial y te daba una de cal y otra de arena para que siempre estuvieras en tensión”.
Imagen aérea de la masía La Chaparra en Vistabella del Maestrat (Castellón).
“A mí”, recuerda Gabriel López, de 24 años, “me hizo creer que de pequeño me había curado la epilepsia. Te generaba un sentimiento de deuda para que buscaras su aprobación constante. En la casa yo sentía un amor infinito hacia él, le habría dado mis piernas, mis ojos... si me lo hubiese pedido, pero también me generaba un miedo atroz. Si me levantaba un poco la voz, me derretía a sus pies. Yo mido 1,96 y él 1,50, pero me aterrorizaba defraudarle. Tenía un poder brutal sobre mí. Era el adulto, la persona de confianza que nos protegía. Cuando salí y empecé a ir a terapia y a leer libros de psiquiatras españoles y extranjeros sobre sectas, me di cuenta de que era un manipulador perverso y muy cínico. Hoy me cuesta entender que justificara que abusara de mí a tantos niveles, pero yo nací y me crie allí. No conocía otra cosa”.
En La Chaparra llegaron a convivir 40 personas. “Era un lugar increíble”, recuerda Sara. “Teníamos piscina climatizada, un bosque para hacernos cabañas, caballos, gallinas... y nos repetían que éramos especiales”. Los niños podían ir al colegio, pero previamente aleccionados para no dar demasiada información de cómo y dónde vivían y con la prohibición de asistir, por ejemplo, a fiestas de cumpleaños, para no poner en peligro aquella vida supuestamente privilegiada. Los hombres trabajaban fuera y en labores de acondicionamiento de la finca en jornadas extenuantes que les impedían enterarse de todo lo que ocurría dentro de la masía. El tratamiento del tío Toni hacia las mujeres era muy diferente al de los varones. Según se recoge en los hechos probados de la sentencia, el líder trataba de “crear celos y competitividad entre ellas”, ya que “la mayoría querían quedarse embarazadas de él para engendrar seres de luz”. Sara recuerda cómo, a veces, “se peleaban para duchar al tío Toni”. Su padre, Carlos, asegura que “jamás” sospechó que sus hijos estaban siendo abusados sexualmente en la casa. La sentencia recoge que además del líder, otro hombre, amigo suyo, abusaba de los menores. En el caso de Gabriel, empezó cuando tenía solo nueve años. Creen que Garrigós lo permitía a cambio de dinero.
El ‘click’
En 2015, Carlos decide abandonar la casa. “En ese momento lo hago por los problemas con mi mujer, no porque piense que esté en una secta”. Durante una visita para ver a sus hijos, Gabriel le rechaza y le dice que los ha abandonado. “Cuando alguien se iba de La Chaparra”, explica Sara, “nos decían que eran muy malos y que comían basura. Yo, a mi padre, lo seguía viendo a escondidas...”. A Carlos le extrañó aquel comportamiento y pensó que la madre de sus hijos y Antonio les estaban “lavando el cerebro” para que lo repudiaran. “Busqué en Google ‘conductas sectarias’ porque lo que hacían me sonaba a eso, aunque ahí todavía no estaba pensando en que aquello fuera una secta, y me salió un vídeo del psicólogo Miguel Perlado, especialista en sectas. El castañazo fue brutal porque me sentí muy identificado. No es que le estuvieran comiendo la cabeza a mis hijos, es que habíamos vivido en una puñetera secta”.
Carlos llamó entonces a Perlado y localizó a una de las personas que había abandonado La Chaparra hacía un tiempo. “Nos vimos en un parque y me dijo que dos de mis tres hijos no eran hijos biológicos míos, sino de Antonio”. Al hablarlo con Sara, también algo hizo “click” en su cabeza. “Empecé a llorar sin parar. Estuve una semana entera en shock, pero a partir de ese momento”, recuerda, “algo se desbloqueó dentro de mí. Pensé que mi hermana pequeña pronto iba a cumplir los años a los que Toni había empezado a llevarme a su habitación y quería evitarlo. Fuimos a hablar con Perlado y decidimos denunciarlo todo a la Policía. Teníamos que sacar a mis hermanos de allí como fuera”.
La redada
“Eran las cinco de la mañana”, recuerda Gabriel, “y entraron en mi habitación un montón de policías. Me sacaron de la cama, temblando... La cara de mi hermana pequeña estaba desencajada por el miedo. En el comedor nos dijeron que aquello era una secta destructiva con abusos a mayores y a menores. Yo no entendía nada. Aquella casa era mi hogar, y aquellas personas, mi familia. Cuando se lo llevaban esposado, Antonio dijo: ‘Vienen los romanos’”.
El operativo se llevó a cabo el 15 de marzo de 2022. “Entramos de noche y nos fuimos a las seis de la tarde del día siguiente”, recuerda la inspectora jefa que coordina la sección de la Policía Nacional especializada en sectas destructivas. Durante el registro, encontraron 103 relojes de alta gama, 15.000 euros en efectivo, mechones de pelo que el líder regalaba a sus víctimas a modo de amuletos, material pseudoreligioso y esotérico y numerosos juguetes sexuales. La policía localizó cámaras escondidas en la habitación, lo que les hizo pensar que registraba las agresiones sexuales, pero no encontró las grabaciones. Se llevaron detenidas a nueve personas, de las cuales tres ingresaron en prisión preventiva. Garrigós, que tenía 64 años, falleció dos meses después en el Centro Penitenciario Castellón I de la capital de La Plana.
Aprender a vivir
“Después de la redada”, relata Carlos, “a mi hija pequeña se la llevaron a un centro de menores”. Estuvo allí nueve meses porque el personal que la atendió veía necesario un tiempo para restablecer el vínculo con su padre.
Gabriel asistió al velatorio por Garrigós. “En mi caso”, explica, “no hubo un click definitivo, sino una sucesión de clicks. Estaba muy confundido e iba encajando piezas poco a poco. Había quien me pedía que sucediera a Antonio como líder... La Policía me dejó entrever que yo podía ser hijo de él y mi madre me confirmó que era el padre biológico tanto mío como de mi hermana pequeña. Ese fue el primer click. Un día oí a mi madre hablar con su abogado y comentar que había aparecido ADN de mi hermana pequeña en uno de los juguetes sexuales de Antonio. Ahí colapsé. Si no llega a ser por la ayuda de mi abuela, mi padre y mis hermanas, me habría quitado la vida”.
El psicólogo Miguel Perlado, especialista en sectas destructivas que ha tratado más de 800 casos, explica a EL PAÍS que ni Gabriel, ni Sara ni su hermana pequeña pueden considerarse adeptos. “Son insertados. Se criaron allí. No conocían otra cosa, y eso implica unas dificultades añadidas: no tienen, como los adultos, un pasado de referencia al que acudir, tienen que construir su propia identidad, aprender a relacionarse, a saber lo que les gusta sin ese contexto viciado”.
Siguen en terapia y se ayudan mutuamente, aunque cada uno ha tenido que gestionar, además de las emociones compartidas, otras muy particulares: como el miedo, la vergüenza o la culpa. “Estaba muy bloqueada con el tema del sexo”, relata Sara, de 27 años, “y fui a una sexóloga que me ayudó muchísimo”. “Ahora”, explica Gabriel, “siento bastante rechazo a cualquier cosa que tenga que ver con la religión. Prefiero que nadie me diga nunca más cómo tengo que vivir mi vida o cómo me tengo que sentir. Probé el buceo y me aferré mucho a eso, porque aunque parezca contradictorio, debajo del agua siento que respiro. Aún me cuesta socializar con mujeres y con gente de mi edad a la que le va a ser difícil procesar toda esta información”. Su padre, Carlos, asegura que no tiene sentimiento de culpa, aunque se siente “muy cansado psicológicamente”, pero su madre sí se siente culpable por haber sido la primera en entrar en contacto con Garrigós.
La inspectora que coordina el grupo de la Policía dedicado a investigar sectas destructivas explica que no puede facilitar cifras oficiales de la extensión del fenómeno, entre otros motivos, “por la dificultad para su detección”, pero que, tras la pandemia, empezaron a recibir más llamadas, sobre todo de familiares de víctimas. “El problema”, añade, “se asemeja al de la violencia de género porque el manipulador va tejiendo una tela de araña hasta atraparte totalmente y la víctima tarda en ser consciente de que lo es. Dar el paso de denunciar es muy difícil. Por eso es tan importante visibilizar que esto es un riesgo más al que está expuesta la población”.
“La sociedad”, añade Perlado, “no es consciente de la magnitud de este problema. Piensa que eso pasa en otros países o que les pasa a otros, a gente rara, pero no es así. En un momento de pérdida o de fragilidad, el líder de un grupo de este tipo puede envolverte ofreciéndote calma, sentido, propósito, y acabar produciendo un entumecimiento mental que te haga desconfiar de ti mismo para que interpretes cualquier duda como una desviación de ideal de pureza. Yo mismo estuve, en mi adolescencia, en una secta durante dos años. Mi especialidad profesional nace de eso”. El psicólogo, que ha intervenido en medio centenar de juicios como perito, cree que el tratamiento judicial a este tipo de grupos “no está bien resuelto”. El Código Penal contempla la asociación ilícita, las agresiones sexuales, la estafa..., pero la manipulación coercitiva, el mecanismo con el que las sectas destrozan vidas enteras, no está tipificada como delito. Sara es ahora vicepresidenta de la Red de Prevención del Sectarismo y del Abuso de Debilidad, que recibe “unos 50 mensajes diarios” de gente que pide ayuda. En 2024, junto a otros miembros de la asociación, llevó al Congreso las 300.000 firmas recogidas para pedir ese cambio legal. De haber estado en vigor, las condenas a los miembros de La Chaparra (entre tres y siete años de cárcel) habrían sido mayores.
- Vuestra madre ha recibido la condena más alta. ¿Os gustaría que hiciese el click y retomar, en un futuro, el contacto con ella?
Sara: “Es una pregunta difícil que tengo siempre presente. Es duro procesar que está en la cárcel, pero durante el juicio dijo que yo era una mentirosa. Si ella hiciese el click, probablemente, hablaría con ella.
Gabriel: “Para mí es más fácil pensar que está muerta, porque si pienso que sigue vive, una parte de mí quiere que cambie, que haga el click, aunque sea iluso pensarlo. No he intentado hablar con ella y ella tampoco conmigo, y por una parte me duele y por otra lo agradezco, porque sé que si hablase con ella me manipularía. Vivo en una constante pelea racional y emocional. Ojalá todo esto sirva para que los que están aún en este tipo de grupos se den cuenta, no se sientan solos y vean que se puede salir”.
Centros Terapéuticos de Adicciones.(Formulario)
Estamos impulsando desde RedUNE una campaña para esclarecer comportamientos coercitivos en diversos Centros de Adicciones (privados).