Sukyo Mahikari.Mi testimonio

Conocí Sukyo Mahikari en Venezuela en el año 2001 cuando tenía 11 años de edad, en aquel entonces mi abuelo materno que padecía de Parkinson y se encontraba y totalmente senil, fue llevado por un tío a recibir imposición de manos. Todo aquello me pareció extraño, sobre todo el hermetismo del lugar y la frialdad en el trato.

Este familiar, hermano de mi madre, años después ingresó en la secta. Ya para el año 2005 mi abuela, tíos, algunos primos y mi madre habían hecho el seminario de iniciación. Yo aún era menor de edad cuando mi madre me pedía con mucha insistencia que la acompañara a “recibir la luz”. Al principio me negaba, pues para ello tenía que trasladarme del pueblo donde vivía a una ciudad, era una región bastante calurosa del oriente del país, recuerdo que la sede se encontraba en la parte de atrás del edificio en un centro comercial, una ubicación clandestina y un local sumamente pequeño que parecía más bien un cuarto de depósito. Los motores propios del edificio (agua, electricidad, aire acondicionado) hacían un ruido tormentoso y perturbador. No me sentí para nada bien con la transmisión de esta supuesta energía divina, al contrario de relajarme, era como si desde lo más profundo de mi ser repudiara esta práctica.

Con respecto a este desagrado que sentía al recibir la “luz”, mi familia materna, ya miembro de la secta casi en su totalidad aludía a que esto se debía a una “perturbación espiritual”, es decir: espíritus no encarnados de personas a las que yo les había hecho daño en vidas anteriores y ahora por su sentimiento de odio y venganza, era reticentes a recibir esa energía proveniente directamente del creador a través de una maestra suprema que a su vez era hija adoptiva de otro maestro supremo y autoproclamado como mesías en Japón, y que bajo su voluntad y obedeciendo a un mandato directo de “Dios Su” el supremo, otorgaba un medallón sagrado (omitama) a sus miembros para poder limpiar el karma individual, familiar y universal. Yo era adolescente, hijo además de una madre soltera, cuya familia ahora pertenece a ese grupo, era una edad complicada y el criterio propio era apenas una etapa de construcción en mi vida. La culpa que empecé a sentir por todo este tema espiritual fue tremenda, llegar a pensar que, por mis acciones, otras personas sufrieron y querían vengarse de mí por el mal que yo les había causado fue el aliciente de que en el año 2006 y con 17 años (aún siendo menor de edad) ingresara a Sukyo Mahikari.

El seminario de iniciación fue un completo cóctel de muchos temas; religión, espiritismo, pseudo ciencia, salud bajo la transmisión de esta energía, agricultura espiritual y vida y obra del “Gran Maestro”. Este último tema, fue el que más escozor causó en mí. A ratos era un gran hombre de negocios, otras veces un noble militar descendiente de samuráis, un gurú, otras un hombre arruinado por la guerra, en definitiva, un personaje bastante polifacético. Lo que más me llamó la atención fue que omitieron cualquier información relacionada con su vida personal, es decir, cero informaciones respecto de su familia, esposa o hijos. Además, usaba nombres “divinos” que le revelaba Dios directamente en diferentes etapas de su vida: Kotama (esfera de luz), Seishu, Oshienushisama y ya por último a su muerte “Sukuinushisama”, que traducido al español sería algo similar a: señor de la salvación. Fueron tres días seguidos de un intenso lavado de cerebro, cuando salía de las enseñanzas empezaba a concebir la realidad de una forma diferente, sentía que al final todo tenía sentido. Cerca de unas 20 personas se iniciaron conmigo, incluidos algún tío y primo que hacía falta para completar el combo familiar.

Ya dentro de la estructura de la secta el panorama cambió por completo y rápidamente, ya no era tratado como una especie de monarca, ya no fingían ser amables conmigo, ahora me había convertido en reclutador joven de nuevos miembros, en un servidor de la entonces gran maestra (ella murió y ahora tiene un sucesor). Tenía obligaciones espirituales, transmitir la luz a otros, cuidar obsesivamente el omitama, cumplir con guardias en el local de purificación, limpiarlo, lavar los baños, hacer guardias nocturnas para proteger el centro de mahikari durante la noche. Por supuesto, todo esto era un servicio divino voluntario, no era obligatorio, pero si no lo hacías, la perturbación espiritual, el karma y el alejamiento de Dios ganaría terreno, además y casi de forma inmediata había ya firmado una planilla de ingreso al grupo de jóvenes (MahikariTai), mi primera alarma se generó cuando vi que su uniforme era militar y su símbolo una esvástica muy similar a la que había visto en documentales sobre la Alemania Nazi. Hoy viendo todo esto y considerando mi edad en ese entonces, es imposible no pensar en explotación infantil camuflada. Al salir de la secundaria tenía planes muy diferentes, quería viajar de intercambio, aprender nuevos idiomas, amaba la música y quería aprender a tocar varios instrumentos, trabajar e ingresar a la universidad para estudiar derecho. Ya con nuevas obligaciones, sólo esta última pudo ser posible, recuerdo muchas veces salir corriendo de la universidad para cumplir con mis guardias en el centro de mahikari, mis vacaciones también cambiaron, ahora viajaba a entrenamientos del grupo de jóvenes para la supervivencia en un eventual fin del mundo o bautismo de fuego en el que debía servir fielmente a la Oshienushi (líder japonesa que dirigía la secta), también debía viajar a “prestar servicio” a otros estados del país cuando habían seminarios de iniciación.

Mi forma de pensar ya no era propia, era como si hubiesen inoculado un software en mi mente, mis pensamientos eran bajo la línea de las enseñanzas mahikari, hablaba también de forma diferente, utilizaba términos en japonés para definir situaciones o actividades que sólo podían entenderse dentro de la secta, tal vez el factor más agravante era el familiar, era como no salir nunca de un centro de mahikari, la casa de mi abuela se había convertido en un centro de purificación donde iban personas del pueblo a recibir la luz, había también incluido un altar de veneración de espíritus de antepasados de la familia, ahora mi abuelo y sus hermanos bajaban a comer el almuerzo a través de unas tablillas llamadas “Ihais”. Dentro de la secta todos se conocían, la vida privada era un verdadero privilegio, todos sabían dónde vivías, quien era tu familia, lo que estudiabas, conocían también tu estrato social. Esto último era muy importante, al ser una organización piramidal, la jerarquía era importante. Los miembros de menos recursos se encargan generalmente de las tareas sucias, es decir, limpiar la alfombra, lavar el frente del centro de mahikari, asear los baños y en el mejor de los casos limpiar el altar y colocar las flores. A los miembros de mayores recursos y con buenos automóviles, habitualmente se les asigna la tarea de coordinadores administrativos, lo que incluye unas ofrendas económicas significativamente mayores al resto, incluido además el recibimiento y traslado de los ministros de mahikari desde el aeropuerto al hotel o del centro a sus residencias.

El dinero era un factor imprescindible, claro que para iniciarte tenías que pagar una “ofrenda espiritual” de carácter “simbólico”, pero sin ella no podrías iniciarte y mucho menos recibir el medallón sagrado. Al principio te dicen que la única ofrenda obligatoria es la de las “ondas divinas”, una especie de membresía mensual que garantiza que la conexión divina entre Dios, el gran maestro y el miembro se mantenga. Suele funcionar como un servicio de streaming, si te retrasas en el pago se corta el servicio. Luego te das cuenta que hay una obligación moral de ofrendar por todo: si estás bien o mal, si es primavera u otoño en Japón, si deseas reasistir a un lavado de cerebro (seminario), si recibes la luz… para todo hay sobres de ofrenda muy amablemente dispuestos en la recepción, además cada sobre debe contener una nota escrita por el miembro, esta debe contener la fecha, monto, nombre y motivo del que realiza la ofrenda. Todo este tema es bastante sombrío si no perteneces a la directiva, ya que nunca te enteras a dónde va el dinero o para qué se usa. Al final todo funciona bajo la filosofía de que el dinero es de Dios, por tanto, es prestado y hay que agradecer por tenerlo, allí entra mahikari a cumplir una función de algo que alguna vez llamé el “banco de Dios”. Es imposible para mí olvidar una anécdota con una miembro de la secta, una señora bastante mayor, al llegar no tenía dinero para ofrendar, volteó su mirada a mí y me dijo: no tengo dinero para ofrendar, me está ganando la perturbación espiritual y el karma. Cogió un trapero y una escoba para limpiar el patio de la sede, pues según ella esto la ayudaría a limpiar sus impurezas espirituales. Observé culpa y vergüenza en sus palabras y en su mirada.

Con el pasar de los años, ya adquiriendo madurez fui también empezando a dudar de todo, debo confesar que la universidad y mi carrera me ayudó mucho, fue mi ancla a la realidad. Investigué en internet, vi que incluso había literatura de ex miembros, incluido un DojoCho de Australia, que jerárquicamente vendría a ser un sacerdote de iglesia de mahikari. Me adentré en un mundo que deconstruye el software que habían implantado en aquel adolescente. Fue un proceso difícil, mi mente, mis emociones y mis convicciones entraron en un completo caos. Era yo un destacado miembro, además era de rango intermedio con un omitama más grande que el de los miembros iniciales, con responsabilidades, áreas a mi cargo, un primo que era parte de la directiva nacional y un tío que también ostentaba cargos directivos en la secta.

Como es sabido, Venezuela entró en una crisis sin precedente en los últimos años, razón que me hizo emigrar a Bogotá, la capital de Colombia, fue un proceso naturalmente duro. Era casi inconcebible para mí abandonar las obligaciones que tenía para con Dios en la ciudad de Mérida, en los andes venezolanos, donde realizaba un postgrado en Derecho Mercantil en la Universidad de los Andes. Los miembros de mahikari por lo general se afincaban en una estructura de poder nacional en donde además era difícil quejarse de la situación que se vivía, la directora (Shocho) del centro de mahikari de Mérida era afín al gobierno, un militar general de mucho renombre en la ciudad era también del gobierno, el embajador alterno del chavismo ante la OEA y la esposa de un ex vicepresidente de Hugo Chavéz. Mahikari intencionalmente busca permearse de las estructuras de poder, así mantiene su seguridad operacional y gana influencia. Así ocurre en varios países de América, en Brasil tienen diputados y bajo su influencia han conseguido decretar un “Dia Nacional de Mahikari” en ese país, en Perú siempre han tenido diputados en el poder público, en Luxemburgo un noble que bajo comodato ofrece su castillo como sede y en Japón el recién asesinado ex primer ministro por un miembro de otra secta también perteneció a Mahikari, esos son sólo algunos casos de los que tengo conocimiento. Ya con mis dudas respecto a esta mal llamada Asociación Religiosa, emigré a Bogotá.

Ya en Colombia, pedí el cambio de membresía al Jun Dojo (sede central del país) de Bogotá, al principio con 27 años, sin empleo, con complicaciones biliares y en un país nuevo, acudí allí con una esperanza de que las cosas pudieran estar mejor para mí, el trato que recibí fue el más frío e incómodo que he recibido en mi vida, me miraron con desprecio, me sentía leproso ante ellos. Allí comprendí que en el estado de vulnerabilidad en el que me encontraba no era útil para ellos, una señora me conminó a que la siguiera a una especie de botiquín para sobres de ofrendas, me dijo: ahora eres miembro de mahikari en Bogotá, este es el monto mensual de tus ondas, por cierto, ya tienes un mes de retraso, cosa que no es propia de un miembro de grado intermedio que además es familiar directivos de Sukyo Mahikari. En ese momento sentí que me derrumbaba por dentro, la violencia psicológica que estas palabras ejercieron en mí fue inédita, sumado a eso llevaba 3 días sin comer y me estaba quedando en casa de un amigo, caminé 11 kilómetros para poder llegar allí porque no tenía dinero para el transporte público.

De regreso, con la larga caminata reflexioné mucho sobre el verdadero sentido espiritual de la vida y me planteé si necesitaba más señales de que había estado más de 10 años en el lugar incorrecto. Pedí prestado el ordenador y comencé a buscar información a motus propio, en una de las lecturas decía que este gran maestro de mahikari había plagiado todo de un grupo denominado Jhorei del cual había sido expulsado por asalto sexual y prácticas espiritistas, decidí ir al centro de Jhorei de Colombia en Bogotá, una organización con al menos dos décadas más de antigüedad que Sukyo Mahikari, tuve una sensación perturbadora al entrar. Todo era similar, sus cuadros de luz en altares, imposición de manos, agricultura con energía divina, usaban también un medallón sagrado y la oración “amatsu norito” recitada por los miembros de Jhorei era increíblemente parecida al “amatsu norigoto” que se hace en mahikari. Debo confesar que a diferencia de mahikari, en Jhorei fui tratado con calidez y amabilidad, tampoco sentí la mala sensación que tuve cuando fui por primera vez a mahikari. La ministra encargada del centro me invitó a su oficina, me transmitió imposición de manos y conversamos sobre lo que yo había leído, ella me confirmó lo que se decía en internet, además me contó que había allí varias mujeres que ahora practicaban Jhorei que habían sido miembros de mahikari y desertaron debido al abuso y control que se ejercía sobre ellas en esta agrupación. Me generó mucha tranquilidad comprobar estas cosas por mis propios medios.

Al día siguiente fui a mahikari, a renunciar a esa membresía, increíblemente ya habían pasado 12 años desde que ingresé, casi media vida entregada en ese entonces a un grupo terrorífico. La directiva que me atendió, me dijo que no me aceptaba la renuncia o la entrega del medallón, sacó un libro con palabras del fundador en donde decía que todos los sufrimientos económicos se deben al karma y la perturbación de los espíritus. Sonreí educadamente y me retiré de ese lugar para nunca volver, el miedo me invadía, había crecido pensando que con un medallón de estos estaba protegido y que, al retirármelo para siempre, los espíritus perturbadores iban a hacer de mi vida un infierno en la tierra. Tomé el coraje suficiente y me lo retiré, lo abrí y constaté que por dentro tenía un papel con una especie de firma o caracteres japoneses, contrario a lo que se indicaba en los seminarios, donde se me decía que solo había una comilla denominada “chon” que era el símbolo de Dios Su, el supremo dentro de una estructura politeísta de 48 dioses principales.

Fue difícil al principio poder drenar toda esa basura de mi cabeza, que había recibido ininterrumpidamente desde el año 2005, pero no fue imposible, el sentimiento de liberación me inundó el ánimo. Hoy simplemente es un recuerdo de una época oscura que viví. Hoy tengo 33 años, logré realizar estudios de homologación para convalidar mi profesión en Colombia, tramité mi nacionalidad colombiana el año pasado, trabajo en mi propia empresa de consultoría y vivo felizmente con mi pareja. Con mi familia materna perdí contacto totalmente, muchas cosas deben sacrificarse para ser libre de esas ataduras de las cuales ellos no están dispuestos a salir, sin embargo, siempre estaré con ánimo de ayudarles si me necesitan. Mi madre afortunadamente tuvo su propio despertar y ya no pertenece a Sukyo Mahikari.

El principal motivo de contar mi experiencia, es que sirva de ayuda a otras personas que estén dudando sobre su permanencia en ese grupo, o que se estén planteando la idea de ingresar en él. Siempre respetando la libertad personal de cada quien, no hay que olvidar que uno de los regalos más importantes de nuestra capacidad como individuos es el poder de decisión sobre nuestra vida y no podemos dejar que nadie nos arrebate algo tan preciado.

Con afecto.

Francisco Javier Rigual Cótua.

Agradezco a RedUne por recibir mi experiencia y ponerla al servicio de las personas.

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